El racismo no es ignorancia: es estructura, cálculo y poder
El racismo no es ignorancia: es estructura, cálculo y poder
Por Jonh Jak Becerra Palacios
“El problema no es que no sepan lo que nos hacen. El problema es que lo saben… y no les importa.”
— James Baldwin
Durante años, creí que el racismo era una forma de ignorancia. Pensaba, con el optimismo heredado de las pedagogías liberales, que la gente nos violentaba —física, psicológica y verbalmente— por desconocimiento. Que no sabían de dónde veníamos, que no entendían nuestras culturas, nuestras lenguas, nuestras músicas, nuestras historias. Pensaba que, si tan solo tuvieran acceso a una mejor educación o una conversación más humana, entonces cambiarían. Me formé en la ilusión de que el racismo era un error que se corregía con información. Pero no era así. Nunca lo fue.
Fue un amigo quien, con paciencia y amor radical, comenzó a enviarme textos de Frantz Fanon. No lo sabía en ese momento, pero lo que estaba a punto de encontrar era más que una lectura: era un abismo. En Los condenados de la tierra (Fanon, 1963), entendí por primera vez que el racismo no es un accidente del pensamiento moderno, sino uno de sus fundamentos. Que la figura del “negro” no surge como un malentendido cultural, sino como la negación necesaria para construir la civilización occidental. Fanon me enseñó que el racismo es arquitectura: no un error, sino un plano. Una estructura milimétrica construida para sostener una jerarquía que beneficia a unos y deshumaniza a otros.
Angela Davis (2016), en Mujer, raza y clase, terminó de revelar el entramado. La opresión racial no se puede entender sin sus vínculos profundos con el capitalismo y opresión. El racismo, en su forma más descarnada, es funcional: produce ganancia, legitima dominación y distribuye poder. La ignorancia, en ese sentido, no es la causa, sino la coartada. Se finge ignorancia para no tener que asumir responsabilidad histórica. Se juega al olvido para continuar con la impunidad. Lo que parecía desinformación era, en realidad, estrategia.
Más adelante, un segundo amigo me ofreció otra llave: los textos del Dr. Amos Wilson. Su obra, particularmente The Falsification of Afrikan Consciousness (Wilson, 1993), me estremeció. Wilson no solo habla de la dominación blanca como estructura externa, sino como una invasión mental y emocional. La colonización de nuestros cuerpos ha venido acompañada de una colonización de nuestras mentes. Se nos enseña a desconfiar de lo propio, a desvalorizar lo afro, a aspirar a lo blanco. El sistema no solo oprime: convence. Wilson desmonta la idea de que somos libres en lo que pensamos y sentimos. A través de la educación, los medios y las religiones, la supremacía blanca impone una forma de subjetividad que sostiene la subordinación sin necesidad de látigos visibles.
La teoría del “contrato racial”, formulada por Charles Mills (1997), reafirma esta idea desde una perspectiva filosófica contemporánea. Mills sostiene que las sociedades modernas se constituyeron a partir de un pacto tácito entre personas blancas para mantener su dominio sobre las demás razas. Este contrato no es explícito, pero opera con precisión: garantiza beneficios, naturaliza privilegios y justifica la exclusión. Cuando se dice que el racismo es ignorancia, se borra el hecho de que muchas personas entienden perfectamente lo que está en juego. No se trata de saber o no saber: se trata de conveniencia, de elección política, de cálculo de poder.
Entonces, ¿por qué seguimos hablando de ignorancia? ¿Por qué esa narrativa sigue siendo tan funcional en América Latina? En parte porque la ideología del mestizaje ha servido como cortina de humo. El mestizaje latinoamericano, lejos de eliminar el racismo, lo refinó. Lo volvió invisible, difuso, negable. En lugar de hablar de jerarquía racial, se nos enseña a celebrar la mezcla como símbolo de unidad. Pero debajo de esa narrativa se esconde una estructura que sigue premiando lo blanco y subordinando lo negro. El racismo aquí no se grita siempre con insultos, pero se vive en el acceso a la educación, al trabajo, a la salud, a la representación mediática. En quién puede ser “ciudadano” y quién solo “habitante”.
Hoy, con más claridad, afirmo que el racismo nunca ha sido ignorancia. Es una decisión histórica, mantenida y actualizada por instituciones, leyes, narrativas y silencios. No se combate simplemente enseñando cultura afro en un aula blanca. Se combate desmantelando el sistema que hace de esa blancura un estándar universal. Se combate nombrando lo innombrable: que el racismo es un proyecto de muerte, y que su persistencia no se debe a que no lo entiendan, sino a que muchos lo necesitan para seguir existiendo.
Referencias:
Davis, A. (2016). Mujer, raza y clase (1.ª ed.). Editorial Capitán Swing.
Fanon, F. (1963). Los condenados de la tierra (V. M. Monserrat, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1961).
Mills, C. W. (1997). The Racial Contract. Cornell University Press.
Wilson, A. N. (1993). The Falsification of Afrikan Consciousness: Eurocentric History, Psychiatry and the Politics of White Supremacy. Afrikan World InfoSystems.

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